Historia

El trabajo es la actividad en la que hombres y mujeres comprometen sus facultades físicas e intelectuales con el objetivo de obtener bienes y servicios para la satisfacción de sus necesidades y/o las de otros.

Cuando los seres humanos trabajan, transforman el medio en el que viven y a la vez, se transforman a sí mismos. En el contexto carcelario, el trabajo de las personas privadas de la libertad evolucionó pasando de ser una pena en sí misma a una herramienta fundamental para la inclusión social de las personas privadas de la libertad.

El trabajo como penalidad en sí mismo es una concepción muy antigua, cruel e inhumana. Este tipo de práctica utilizaba a los condenados para tareas pesadas, sin retribución ni compensaciones: se les concedía bienes y servicios de uso personal y estrictamente indispensables para su subsistencia.

Históricamente, entre este tipo de trabajo carcelario y el que es concebido como tratamiento hubo una etapa de transición donde se le atribuyó una función represiva. Acorde con la finalidad expiatoria, esa etapa combinó el trabajo forzado con la privación de la libertad donde lo más corriente fue la imposición de tareas inútiles e improductivas.

Nueva concepción del trabajo: la mirada internacional

Diversos encuentros penitenciarios realizados en diferentes lugares del mundo acogieron esta nueva mirada sobre el trabajo penitenciario con entusiasmo. En este sentido, el XII Congreso Internacional Penal y Penitenciario celebrado en La Haya, en 1950, declaró: “el trabajo penitenciario no debe ser considerado como complemento de la pena sino como medio de tratamiento” de las personas.

El Primer Congreso Penitenciario de las Naciones Unidas (1955) sostuvo por su parte que “no ha de considerarse el trabajo como una pena adicional sino como un medio de promover la readaptación”. En este marco, se pone en común la idea de preparar a las personas para una profesión e inculcarle hábitos de trabajo.

Por último, la Regla Mínima de Naciones Unidas Nº 60 para el Tratamiento de los Reclusos considera que el trabajo penitenciario puede considerarse como una parte del trabajo en general: “el régimen del establecimiento debe tratar de reducir las diferencias que puedan existir entre la vida en prisión y la vida libre en cuanto éstas contribuyan a debilitar el sentido de responsabilidad del recluso o el respeto a la dignidad de su persona”.

Nuestro Pais

En la historia del régimen penitenciario argentino hubo cárceles emblemáticas en materia de trabajo correccional como fue la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires inaugurada en 1877. En sus comienzos, el trabajo estaba enmarcado en conductas de obediencia y silencio, hasta que Antonio Ballvé eliminó el régimen de silencio y de la mano de José Ingenieros creó el Instituto de Criminología.

Este cambio llevaba implícito una idea de trabajo carcelario sobre tres bases: preparar personas competentes en algún oficio o arte, no ser perjudicial para la salud de las personas privadas de la libertad y absoluto silencio en el taller. Así fue que antes de finalizado 1877, en la Penitenciaría Nacional se llegó a dar ocupación a todos los penados en los talleres de lavandería, herrería, carpintería, pinturería, galvanoplastia, hojalatería, escobería, zapatería, imprenta y encuadernación, a los que se le sumaban las tareas de mantenimiento, y labores en huertas y servicios domésticos.